martes, 23 de abril de 2013

Ciclo de cine


Quiero ser gris, papá, ¿está mal eso? Todavía respira. Tengo su mano entre mis manos. Pronto dejará de respirar. Alguna vez, hace ya mucho tiempo, le grité ¡no tener padres es lo mejor que le puede pasar a una persona! Estaba comenzando con ese ciclo de cine “Celebra la Vida” y elegido cuatro películas, El cantante, Letra y música, Elvis y Crazy Heart. Me avisaron que las cosas se estaban poniendo cada vez más complicadas y que lo más probable era que no pasara de esa noche.

continuará.... 

La camarita


Entra y se tira en el sillón como si fuera su casa con esas piernas idénticas a las de su mamá y como si nos conociéramos de toda la vida. No sé cómo tratarla, no soy tan viejo y ciego como para no ver las virtudes de esta jovencita.  Pero como empecé con el pié izquierdo me está constando remontar el asunto ¿Fuiste al cementerio?, me pregunta. Estuve sí, a la tarde. Hay cosas que se reservan como al santísimo sacramento y uno ni las menciona para sí mismo. Pienso, de paso, en mi mamá y en esa incondicionalidad ambigua que siempre esperaba retribución. La expectativa ética de mamá, con sus exigencias y reclamos parabólicos, y apocalípticos, lograba encerrarte del lado afuera. Hay personas difíciles, mal llevadas, mal arriadas, como mi abuelo,  como él decía, como las vacas y las ovejas. ¿Qué significa eso abuelito? ¿La animalidad intacta o la humanidad inconclusa?  ¿De una persona y también de un perro? La puesta a prueba de lo doméstico y de la domesticidad, mamá era una de esas personas, con su forma de ser dificultosa. Si fuera sólo para mí, la dificultad, tendría otro precio. Mamá no era una persona encantadora, no era carismática, no era cálida, ni tierna y era, por sobre todas las cosas, una persona difícil de comprender. No me sorprende encontrarme en esta situación, encarnando ese malsano sentido del honor, mundano y terrenal, que me suministraba mamá en dosis excesivas, para honrar al macho alocado y temerario. Y aquí estoy yo. Palabras como  salvaje, o, medio salvaje, me aparecen en la cabeza. Otras, también, no sé, sencilla, básica, simple ¿Vos sabías que yo existía? No me lo está preguntando, y sí, sabía, claro que sí. En un pueblo, ni siquiera puedo imaginar, negar eso. Tengo treinta dos años y no tengo una respuesta. Ella fuma y hay algo en eso que me molesta y me tensa como una salpicadura de aceite y me siento en un  vaivén de culpa y de tristeza. Eso de andar echando humo por el hocico era algo demasiado importante para mí y hace rato dejó de serlo. Es parecida a su abuela en los ojos y su nariz es igual de generosa. De pronto habla como si estuviéramos en medio de una conversación. Yo parezco una boluda con este teléfono, dice con suavidad, los ojos puestos en su celular. A veces digo voy a comprarme un teléfono, agrega, y mira al piso. Pero a mí me gustan más los zapatos que los teléfonos, le miro los zapatos. Tiene el celular  en la mano ¿Teléfono? Dice teléfono. Cambia de tema y mira hacia la biblioteca. Hay personas que escriben bien y dicen cosas que me interesan y quienes escriben así pero no dicen nada que me interese, coincido. Y los que escriben mal, que somos la mayoría. No sé si coincido.  Coincido en eso también, pero menos. Empujo el cenicero con el pie y se lo acerco ¿Escribirá teléfono cuando escribe? Exagero el cansancio, como si no hubiera dormido bien en toda mi vida. 

continuará...

miércoles, 27 de marzo de 2013

Tatoo


Estaba por tatuarme el símbolo de la paz pero opté por el de Mercedes Benz y no estaría hablando de esto si no me hubieran invitado a la pileta. Era verano, faltaban un par de días para fin de año. Habíamos estudiado juntos, rendimos bien y salvo nada que hacer, no tenía otra actividad. Yo menos que ellos, que tenían una pileta o el otro, que vivía solo y tenía una novia. Hacía un calor. Cuando mencionaron la pileta, no hice mucho caso porque me preocupaba perder otro año más. Esas cosas de dejar para después, de ir postergando que siempre tuve. Último llamado, materia anual correlativa de lo que me faltaba. Bueno, no hice caso, no lo consideré. Qué me iba a poner a pensar en eso. Mi papá me dijo: dos años, dos años y si no, yo te quiero mucho, pero no te doy más un peso. Dijo un mango, creo. Un peso más, pensé. Tenía razón y yo lo sabía o estaba de acuerdo. Igual mi papá se expresaba muy bien. Escribía dictando y de memoria, como una especie de magia, de don, como un virtuosismo, porque no hacía un esfuerzo ahí mismo, decía datos, fechas, leyes, años. Era medio sorprendente eso que tenía. Digo sin esfuerzo ahí mismo, no digo sin esfuerzo, ¿no? Cuando era chico lo visitaba en el estudio. De chico, él, había sido telegrafista. El telégrafo funcionaba entonces en el centro cívico. Sobre el escritorio, en su estudio, tenía dos telégrafos antiguos. En sistema Morse, apenas cerraba yo la puerta y lo saludaba, mirándome fijo a los ojos mientras me transmitía, preguntaba qué te dije. No es fácil el Morse, es todo igual, aunque no, claro. Todo consiste en distinguir las líneas alambicas o radiales. Un extraño tipo de signo auditivo que mi oído no lograba desentrañar. Porque yo decía, no sé y él decía, prepará mate. Yo hacía mate. En esa época mi papá se quería jubilar. No ir al estudio. Dejar en manos del socio, que era bastante más joven que él, todo ese asunto y quedarse en su casa. Un consultor, eso quería ser.  No pensé ni volví a pensar en la pileta hasta que me invitaron. Fuimos los cuatro en el auto de uno de ellos hasta Martínez. Una casa enorme, como una fortaleza de ladrillos rojos tan rojos que parecían húmedos y techos de tejas salpicados de hojas. Bien, pensé, linda casa. Árboles adelante y árboles atrás y en el medio de ese bosque la casa y la pileta. Con trampolín, observé entusiasmado. Saludos de rigor con la madre. El padre estaba en el golf. Nunca había conocido a un golfista y tampoco lo conocería. No parece un deporte, pero es, como el billar. Habíamos aprobado y fuimos felicitados. El dueño de casa, el hijo, nos hizo una seña y fuimos los cuatro a ponernos el short de baño. Y eso, preguntaron. El símbolo de Mercedes Benz. Me lo había tatuado hacía unos meses en Alemania. La estrella de tres puntas. Fue ahí, en la tienda de tatuajes, donde supe que fue un tal Gottlieb Daimler, el que la diseño con un pensamiento en la cabeza: la capacidad de sus motores que rendían de igual modo y siempre bien en donde fuera. Eso decía abajo del símbolo y también que era la fábrica de automóviles más antigua del mundo. El tipo murió en mil novecientos. Me gustó y en lugar del símbolo de la paz, me hice tatuar la estrella de tres puntas de Mercedes Benz. En Buenos Aires, no en Alemania, me tatué MIGRAL en el brazo izquierdo. El que sufra de migrañas sabe a qué me refiero. En Alemania no venden MIGRAL. La madre del otro aprobado, del dueño de casa, me preguntó qué era MIGRAL y dijo que a ella también le gustaban los Mercedes Benz. A mi me gusta el significado y el sombreado de cada rayo, dije, nunca anduve. El significado, dijo ella. ¿Y el otro? ¿MIGRAL? Tengo migrañas, es una enfermedad parecida a la epilepsia. Cuando me tatué MIGRAL me enteré de que algunos griegos padecían de hemicránea y que los árabes de jaqueca. Y que tanto unos como otros se referían a un dolor de media cabeza. Así que, pensé, no dije nada, ni se me pasó por la cabeza decir algo, mis tatuajes tienen peso histórico y me fueron educativos. Ilustraciones en doble sentido. En malla yo era el más flaco. Mi papá se asustó un día cuando me vio salir del baño. Qué flacura diosmío, dijo. Me preocupa que estés tan flaco, se te ven las costillas, mirá. No estarás enfermo. Peso poco, tengo huesos livianos y como sólo cuando tengo hambre. No me gusta nada que sea dulce. Los otros tres para mí eran gordos y eso realzaba mi esquelética figura. No es que tuvieran panza, pero eran morrudos, como decía mi abuela. Para mí, gordos. Los tres jugaban al rugby por ahí cerca aunque uno de ellos vivía en el centro que era donde nos juntábamos a estudiar. Nos tiramos a la pileta desde el trampolín que no era tan alto como elástico. La tabla se arqueó casi hasta dejarme paralelo al agua y salí hacía arriba disparado como desde una catapulta. Volé y me zambullí sin salpicar. Adoro los trampolines. Estaba feliz porque mentalmente hacía una cuenta alentadora y optimista respecto del tiempo. En menos de dos años me recibiría de abogado y me haría cargo del estudio de mi papá que funcionaba más o menos bien con su socio y él a media máquina. Bien, pensé, mientras volaba hacia arriba y me tocaba la punta de mis pies antes de estirarme y entrar sin ruido y como un cuchillo filoso en la superficie del agua. Bien. Qué alivio.

Volví con uno de ellos, el que vivía en el centro, en el tren. Cuando llegué a casa me senté a escribir una especie de relato o cuento o algo sin forma. Me gustó el título,  “Gordos culones” y más o menos relataba ahí, sin imaginación y con literalidad, lo que había pasado en mi vida desde el día anterior hasta ese mismo momento en el que me sentaba a  escribir. Sonó el teléfono. Tres días después se murió el socio de mi papá. Todavía no me recibí de abogado. Mi papá murió hace más de veinte años. Del estudio no quedó nada. Gordos culones nunca fue publicado.

martes, 15 de mayo de 2012


Escribí un párrafo, dudé, me dije lo guardo y lo guardé. Puse el cursor en guardar. No guardó nada. No entiendo. De todos modos no valía gran cosa. Creo que decía algo así como que para escribir no hace falta tener un blog y eso está claro. Alcanza con un cuaderno y una birome. La mayor parte de las cosas que leo no precisaron de ningún blog. En fin, yo me pongo excusas, soy un especialista en darme excusas. Que el lugar, que el ambiente, que el clima, que el ruido, que el tiempo, qué se yo, siempre tengo a mi alcance una buena excusa. Si fuera sincero conmigo de una vez por todas, a esta altura podría aceptar que mis ganas son unas ganas abstractas, sin dedicación. Confieso, de paso, que cuando se trata de exponer dificultades de ánimo o taras psicológicas, tengo para llenar una libreta o muchas. No es tan complicado, uno se acostumbra y no es algo que haya adquirido de repente, ni ahora mismo, sino que me acompaña como un órgano vital desde que el recuerdo de mí mismo fue configurándose y lo reconozco, escribir y algunas otras cosas que no vienen al caso, producen en mí un cierto desaliento al que no puedo darle forma y eso me debilita o, en todo caso, debilita mi voluntad.  Por eso te copio fragmentos que me resultan interesantes, como en este caso, del surafricano Coetzee:

"-¿Por qué se quitó la vida?
-¿Tú crees que se quitó la vida?
-Mamá dice que se quitó la vida.
-Nadie se quita la vida, Matryosha. Uno puede poner su vida en peligro, pero nadie puede matarse de veras. Es más probable que Pavel decidiera correr un riesgo para averiguar si Dios lo amaba lo suficiente y si estaba dispuesto a salvarle. Hizo a Dios una pregunta: ¿me salvarás? Y Dios le dio su respuesta: No. Dios dijo: muere.
-¿Dios lo mató?
-Dios dijo que no lo iba a salvar. Dios podría haberle dicho que sí, que lo salvaría, pero prefirió decir que no.
-¿Por qué? – susurra.
-Él le dijo a Dios: si me amas, sálvame. Si estás ahí, sálvame. Pero solo encontró el silencio. Y dijo después: sé que estás ahí. Me juego la vida a que me salvarás. Y Dios siguió sin decir nada. Él añadió: por muy callado que estés, sé que me oyes. Voy a correr el riesgo… ¡ahora! E hizo su apuesta. Y Dios no apareció. Dios no intervino.
-¿Por qué? – susurra de nuevo.
Él le sonríe con su fea sonrisa, torcida y barbuda.
-Pues ¿quién sabe? A lo mejor a Dios no le gusta que lo tienten. Quizá el principio de que Dios no ha de ser tentado es más importante para él que la vida de uno de sus hijos. O quizá la razón sea sencillamente que Dios anda algo duro de oído. A estas alturas, Dios debe de ser viejísimo, por lo menos tan viejo como el mundo, o tal vez más. A lo mejor es duro de oído, a lo mejor también le falla la vista, como a cualquier viejo.
Ella se siente derrotada. No hay más preguntas. Ahora está preparada, piensa él. Y da unas palmadas sobre la cama.
Cabizbaja, se acerca a él. Él la abarca con un solo brazo; la siente temblar. Le acaricia el pelo, las mejillas. Por último, ella cede al impulso y, apretándose contra él, cerrando los puños bajo el mentón, solloza sin contenerse.
- No lo entiendo – solloza-. ¿Por qué tenía que morir?
A él le gustaría decirle: no ha muerto, está aquí, yo soy él. Pero no puede".

Me gustó esta conversación porque, bueno, Dios fue dado por muerto desde hace algunos años y, sin embargo, al pensar en su indiferencia, Dios se transforma no en un recuerdo, en algo que alguna vez fue, incidió, delineó unas formas de estar y de vivir y de morir, sino en un miserable sordo o ciego o simplemente una especie de maldito que por conservar la forma y respetar los principios es incluso capaz, muy capaz de no mover ni un pelo frente a una solicitud tan genuina de uno de sus hijos. Aun cuando esas cosas, se sabe, no se piden,  no se anda por ahí pidiéndole a nadie, ni siquiera a Dios, que lo salve a uno, tampoco es un disparate. En fin, eso pensé, en el Dios Indiferente y no en el Muerto, cosa que me parece a todas luces, aunque nunca con absoluta certeza, mucho peor.

Por otra parte, también copié un párrafo de Sebald, un escritor alemán que leí poco y de lo poco que leí todo me resultó gratificante, refrescante y, tal vez no sea muy feliz el adjetivo sabrosa, su literatura. Su manera de escribir, digamos, pero también lo que contienen sus textos. Aquí va  y al pié citado, como corresponde lo que leí:
“… Con cuanto placer, dijo Austerlitz, me quedado ante un libro hasta muy entrado el crepúsculo hasta que no podía descifrar ya nada y mis pensamientos comenzaban a dar vueltas, y qué protegido me sentía cuando, en mi casa, en la noche oscura, me sentaba ante el escritorio y sólo tenía que ver cómo la punta del lápiz, al resplandor de la lámpara, por decirlo así por sí mismo y con fidelidad total seguía a su sombra, que se deslizaba regularmente de izquierda a derecha y renglón por renglón sobre el papel pautado. Ahora, sin embargo, escribir se me había hecho tan difícil, que a menudo necesitaba un día entero para una sola frase, y apenas había escrito una frase así, pensaba con el mayor esfuerzo, se me mostraba la penosa falsedad de mi construcción y lo inadecuado de todas las palabras por mí utilizadas. Cuando, sin embargo, mediante una especie de autoengaño, conseguía a veces considerar que había hecho mi trabajo diario, a la mañana siguiente me miraban siempre, en cuanto echaba la primera ojeada al papel, los peores errores, inconsecuencias y deslices. Hubiera escrito poco o mucho, me parecía siempre al leerlo tan fundamentalmente equivocado, que, al punto, tenía que destruirlo y comenzar de nuevo. Pronto me resultó imposible aventurar el primer paso. Como un equilibrista en la cuerda floja que no sabe ya cómo poner un pie delante de otro, sentía sólo la oscilante plataforma debajo de mí y me daba cuenta con horror de que los extremos del balancín que centelleaban muy lejos, en los bordes de mi campo de visión, no eran ya, como antes, mis luces orientadoras, sino malignos señuelos que querían precipitarme al vacío. De vez en cuando ocurría aún que se perfilaba en mi cabeza un razonamiento con hermosa claridad, pero sabía ya, mientras eso sucedía, que no estaba en condiciones de retenerlo, porque, en cuanto tomara el lápiz, las infinitas posibilidades del idioma, a la que antes podía abandonarme con confianza, se convertirían en una mezcolanza de frases de pésimo gusto. No había giro de frase que no resultara ser una lamentable muletilla, ni palabra que no sonara vacía y falaz. Y en ese espantoso estado de ánimo me pasaba horas y días mirando a la pared, no me atormentaba el espíritu y aprendía poco a poco a comprender lo horrible que es que incluso la tarea o el deber más nimio, como, por ejemplo, ordenar un cajón de cosas diversas, pueda ser superior a nuestras fuerzas. Era como si alguna enfermedad ya latente en mí se dispusiera a declararse, como si algo desmoralizador y obstinado se hubiera metido en mi interior y, poco a poco, lo paralizara todo. Sentía ya tras mi frente la infame apatía que precede al desmoronamiento de la personalidad, sospechaba que en realidad no tenía memoria ni capacidad intelectual, ni una verdadera existencia, que durante toda mi vida sólo me había ido extinguiendo y apartando del mundo y de mí mismo. Si alguien hubiera venido para llevarme al patíbulo, hubiera permitido tranquilamente que me ocurriera lo que fuera sin decir palabra, sin abrir los ojos, lo mismo que las personas sumamente mareadas, cuando, por ejemplo, van en vapor por el Mar Caspio, tampoco oponen la menor resistencia si alguien les comunica que las van a tirar por la borda. Pasara lo que pasara dentro de mí, dijo Austrlitz, la sensación de pánico en que me sumía el estar a punto de escribir una frase, sin saber cómo empezar esa frase o, en general, cualquier otra, se extendió pronto a la operación, en sí más sencilla, de leer, hasta que, inevitablemente, al intentar comprender una página entera, caía en un estado de la mayor confusión. Si se puede considerar al idioma como una antigua ciudad, como un laberinto de calles y plazas, con distritos que se remontan muy atrás en el tiempo, con barrios demolidos, saneados reconstruidos, y con suburbios que se extienden cada vez más hacia el campo, yo parecía alguien que, por una larga ausencia, no se orienta ya en esa aglomeración, que no sabe ya para qué sirve una parada de autobús, qué es un patio trasero, un cruce de calles, un bulevar o un puente. Toda la estructura del idioma, el orden sintáctico de las distintas partes, la puntuación, las conjunciones y, en definitiva, hasta los nombres de las cosas corrientes, todo estaba envuelto en una niebla impenetrable. Tampoco entendía lo que yo mismo había escrito en el pasado, sí, especialmente eso.” [1]


Bueno,  también yo, como 
ya habrás descubierto,  busco palabras que  suavicen esta extraña experiencia del mundo en que vivimos y sobre todo por las noches, cuando me despierto sobresaltado por una pesadilla sin relato, sólo de susto, de sudor. Y la luz que se ve al final del camino, ¿será un incendio?




[1] Sebald, W.G. Austerlitz, Barcelona, Ed. Anagrama, 2002 (2001)

martes, 8 de febrero de 2011

"... Pues una amistad nace de la comprensión y vicios ajenos, ya que para amar las perfecciones todo el mundo está preparado, pero para amar los defectos se precisa un amigo" (escrito por de Azúa, en Mansura)